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Derechos sexuales y reproductivos
También una responsabilidad del Estado
Cuando hablamos
de desarrollo, no solo nos estamos refiriendo a los avances tecnológicos
que una sociedad puede acceder, sino a aquellos que contribuyen a que
las personas, hombres y mujeres, tengan una vida digna, lo cual incluye
necesariamente el ejercicio pleno de los derechos humanos.
Lamentablemente para
muchas personas, hablar del ejercicio de sus derechos humanos tiene poco
sentido, dado que día a día las más elementales expresiones de estos
derechos son violentadas, afectando no solo su desenvolvimiento social
o potencialidad como sujetos, integrantes de una sociedad, sino también
causando enfermedades y muerte. No es nuevo reconocer que entre las más
afectadas y postergadas en el ejercicio de estos derechos son las
mujeres, cuyas violaciones se concentran principalmente en el ámbito
sexual y reproductivo.
La constatación de que
éste es un problema que trasciende a países, grupos sociales y culturas
y que constituye una de las principales barreras para el desarrollo, ha
hecho que se realicen esfuerzos para hacer efectiva su visibilización,
sobre todo, se generen compromisos de los Estados. Uno de los
principales hitos en este proceso fue la Conferencia Internacional de
Población y Desarrollo de El Cairo, celebrada en 1994, en la que
diversas organizaciones, instituciones y gobiernos, entre los que se
hallaba el Perú, establecieron un conjunto de acuerdos y compromisos
para que en un lapso de veinte años se cambie esta situación.
Desde que se tomó este
acuerdo, diversos esfuerzos se han ido desarrollando, y se ha logrado
una mayor información para la toma de decisiones en torno a la vida
sexual y reproductiva, un mayor acceso a servicios de salud reproductiva
y a métodos anticonceptivos, un incremento de niñas que acuden a la
escuela y que completan su educación y la atención de problemas
urgentes, como la violencia en contra de la mujer y el aborto inseguro.
Si bien es cierto,
estos avances no han sido similares en todos los países, ni sus
aplicaciones han sido del todo adecuadas, hecho que fue denunciado en su
momento por las organizaciones de mujeres, como ocurrió con las
esterilizaciones forzosas, lo que ahora se nos presenta como política
del Ministerio de Salud se constituye en un grave retroceso de lo ya
avanzado, lo que definitivamente afectará principalmente a la población
de escasos recursos, cuyo acceso a servicios depende principalmente del
Estado.
Dentro de los
retrocesos que más preocupan y que se convierten en una clara violación
de derechos humanos, es el desconocimiento de que las personas, al
margen de su edad, condición social, estado civil, raza o creencia
religiosa, tienen derecho a tomar sus propias decisiones en materia de
ejercicio sexual y de reproducción. Es decir, ninguna mujer puede ser
obligada (así viva en una relación formal con su pareja) a tener
relaciones sexuales no voluntarias, a asociar relaciones sexuales con
embarazo como si este último fuese una consecuencia inevitable, o a
tener una maternidad no voluntaria.
También es una
violación de derechos humanos la no prestación de programas efectivos de
prevención de infecciones de transmisión sexual (ITSs) y VHI/Sida, lo
cual necesariamente incluyen educación sexual, tratamientos efectivos y
métodos eficaces al alcance de todos y todas, respetando tanto las
prácticas como la diversidad sexual que opten las personas de manera
voluntaria.
Lamentablemente, estos
retrocesos no solo corresponden a nuestro país, muchos otros también
vienen sufriendo cambios negativos y se sabe que ello proviene de
corrientes conservadoras que interfieren en el campo de las políticas
públicas, basándose en argumentos que necesitan ser aclarados y
ampliamente difundidos.
a) La
equidad de género no es una guerra de los sexos, tal como pretenden
presentarlo, sino una nueva forma de establecer relaciones entre hombres
y mujeres, que contribuye a una sociedad más equitativa, a la promoción
de igualdad de oportunidades y a generar responsabilidades compartidas.
b) La
salud reproductiva no es sinónimo de aborto. Su concepto incluye el
estado de bienestar que permite tener los hijos que se quiera, en el
momento que se considere más adecuado, a no sufrir de complicaciones por
traer hijos al mundo, a no contagiarse de enfermedades de transmisión
sexual o VIH/Sida a causa de tener relaciones sexuales, a contar con
servicios de salud de calidad que atiendan las necesidades asociadas a
la salud sexual y reproductiva, incluyendo la violencia familiar.
c)
Las decisiones en materia sexual y
reproductiva no son un asunto de pareja, ni de familia, sino de
personas. Los derechos humanos protegen principalmente el derecho de las
y los individuos. Los derechos humanos reconocen que las personas que
forman parte de una familia tienen derecho a tener opinión propia, y a
decidir por sí mismas en todos los asuntos que les atañen directamente,
sobre todo aquellos relacionados a su cuerpo, a su salud y a su
bienestar. Es bastante conocido que no siempre las familias permiten un
adecuado desarrollo de las personas, tal es así que la mayoría de las
veces los principales perpetradores de violencia familiar y sexual son
miembros de la familia.
Defender los acuerdos
logrados en la Conferencia de El Cairo es una necesidad urgente, debido
a que no solo afirma los derechos humanos en lo más básico, sino también
garantiza la salud de las personas, principalmente de las mujeres y,
sobre todo, responsabiliza al Estado respecto a su protección. Ninguno
de los derechos reproductivos que fueron reconocidos en esta Conferencia
y luego reafirmados en las distintas recomendaciones de los tratados
internacionales, pueden ser eludidos y es nuestra responsabilidad como
sociedad civil alentar su cumplimiento, difundir su existencia y señalar
los vacíos para así lograr el sueño de tener una vida con dignidad, sin
riesgo de enfermedad ni muerte por causas que pueden ser totalmente
prevenibles, con políticas públicas más humanas.
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