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Género y Biodiversidad : Balance y desafíos en el Ecuador [1] |
Susan
Poats, María Cuvi y Paulina Arroyo[2]
Uniendo
conocimientos, experiencias, resultados de investigaciones y esfuerzos
en un mismo artículo, las tres autoras intentan responder a
algunas
inquietudes y compartir algunas reflexiones con respecto a la
brevemente
cómo se está usando el enfoque de género en la
aplicado
en los proyectos de desarrollo rural durante la década de 1990,
rurales.
También presentan varios casos para ilustrar el uso del enfoque
Taller
Nacional sobre género y experiencias locales de conservación
oportunidades
y las barreras para que el género contribuya tanto a la
En
la década de 1990, la participación de las comunidades rurales y otros(as)
El
Plan Ambiental Ecuatoriano y la Estrategia de Biodiversidad nacen directamente de
las normas internacionales de la Convención sobre Biodiversidad, reconocidos
por el Estado Ecuatoriano, mientras que
el Plan de Igualdad de Oportunidades del Consejo Nacional de la Mujer
Además
existen esfuerzos de la sociedad civil y de las instituciones de investigación,
para responder a los nuevos retos que presenta la relación entre
Las
agencias bilaterales también han impulsado la utilización del enfoque de género
en sus proyectos de conservación. Muchas veces la influencia de los donantes es
clave para que el proyecto o programa incorpore un enfoque de género y el reto
es que éste no sea sólo coyuntural y temporal.
Entre las organizaciones de conservación internacionales, la Unión Mundial para la Conservación de la Naturaleza (UICN) ha sido una de las pocas que incluye consideraciones de género explícitamente en su política (UICN, “Una declaración de política”: sin fecha). Otras organizaciones de conservación han desarrollado la participación comunitaria en la conservación, pero sin explicitar el género. Y otras organizaciones de conservación aún están ubicándose dentro de un marco conceptual y metodológico sobre la participación, el género y la conservación.
Género en las instituciones ambientales del Ecuador
Sin
embargo, luego de 1995 las cosas comenzaron a cambiar porque en
Las
reflexiones que se presentaron en el taller nacional realizado en el 2000, sobre
la valoración ética[6]
del
enfoque de género, puntualizaron que es necesario tener una visión integral al
respecto y romper la concepción de que el género es solamente equivalente a
mujeres, así como la necesidad de reconocer y valorar los conocimientos de los
distintos grupos étnicos.
En
cuanto a las políticas públicas sobre género y biodiversidad, se vio la
En
cuanto al fortalecimiento institucional, se recomendó adaptar las políticas y
estrategias internacionales a las realidades locales, revertir la tendencia a
que “el que financia pone las reglas”, construir propuestas coherentes y
sistemáticas hacia las organizaciones internacionales, fomentar un intercambio
interinstitucional horizontal y permanente para analizar y mejorar las políticas
institucionales sobre género, promover mayor relación entre los académicos y
académicas de Quito y los(as) agentes de desarrollo y conservación en el
campo, y propender hacia políticas de empoderamiento de género en cuanto al
acceso, uso y toma de decisiones sobre la biodiversidad.
Una
visión retrospectiva sobre las mujeres rurales y los proyectos de Desarrollo
¿La
adopción del enfoque de género en los proyectos de desarrollo rural ha
propiciado el empoderamiento de las mujeres rurales? Esta pregunta tiene mucha
vigencia en el ámbito de la conservación, puesto que el uso del enfoque de género
además de ser muy reciente e incipiente, podría estar replicando lo que antes
se hizo en el desarrollo rural y repitiendo, en muchos casos, los errores y
omisiones ya identificados, discutidos y descartados.
En el Ecuador, cuando las ONG de conservación comienzan a familiarizarse y a usar el enfoque de género, la propuesta de “mujeres en el desarrollo”, predominante hasta los años 80 en las agencias internacionales, había sido sustituida por la de “género y desarrollo”. Un cambio que suscitó extensas y acaloradas discusiones entre las especialistas de género, y que también ha generado un mar de confusiones y distorsiones todavía irresueltas.
Lo que se ha modificado han sido los enfoques utilizados en las intervenciones orientadas a promover el desarrollo rural. Sólo desde principios de la década de 1990, se comenzó a usar el enfoque de género. Luego de casi 10 años de haberse aplicado este enfoque en el desarrollo rural y unos pocos años en los proyectos de conservación, bien merece la pena que nos preguntemos si las mujeres rurales ecuatorianas se han beneficiado con el cambio.
En
un ensayo reciente, María Cuvi (Cuvi: 2000) sostiene que a principios de
1990 no se reconocía a las mujeres rurales como productoras ni se
valoraban sus aportes económicos, había muy poca información
cuantitativa estadística) y cualitativa, y aún no había ingresado el enfoque
de género en los análisis sobre la ruralidad. Ahora, a principios del siglo
XXI, las mujeres rurales son consideradas también productoras y se reconocen
sus aportes económicos, existe información estadística desagregada por género,
se han introducido enfoques de género en los diagnósticos y evaluaciones de
los proyectos de desarrollo rural, de desarrollo forestal y de uso y conservación
de los recursos naturales; se está diversificando y especializando los
conocimientos y el análisis de género.
Vacíos
que persisten en el trabajo con
las mujeres rurales
En
los dos últimos casos, se muestra a las indígenas enfrentando críticamente
Ausencia
de consideraciones de género en las políticas agrarias y macroeconómicas
formuladas durante la década de 1990 en el Ecuador. Así lo
Poca
investigación, reflexión y análisis para conocer lo que está ocurriendo con
las mujeres rurales del Ecuador.
Se han centrado en la realización de diagnósticos coyunturales que orienten
las actividades consideradas en los documentos de proyectos y que permitan
mostrar resultados visibles y de corto plazo para quienes financian (Cuvi:
2000).
Con
frecuencia, en dichos diagnósticos se tratan aisladamente los problemas
En
una publicación reciente (Cuvi ed.: 2001), se sostiene que en el Ecuador,
Estos
cuatro vacíos
insinúan que en la utilización del enfoque de género, por parte de las
organizaciones gubernamentales y por las ONG, han primado los intereses ligados
directamente a la ejecución de los proyectos[7],
antes
que la generación de conocimientos sobre las actoras sociales, la formulación
de políticas que las beneficien y el impulso a la consolidación de
organizaciones en defensa de sus derechos e intereses de género.
¿Por
qué las instituciones de desarrollo han relegado a un segundo plano o han
ignorado los intereses de las mujeres rurales en sus intervenciones, pese a
estar usando un enfoque de género?
Para garantizar el cumplimiento de los compromisos asumidos por las instituciones ejecutoras, lo que a los donantes les interesa es medir la eficiencia con la que las instituciones receptoras del financiamiento ejecutan las actividades a las que se han comprometido. Para ello, por lo general, suele confrontarse los resultados logrados con las metas planteadas en los documentos. Interesa conocer los cambios que allí se han producido a propósito de las intervenciones, independientemente de qué esté ocurriendo en los contextos locales, regionales y nacionales que están fuera del área del proyecto, pero que indudablemente los enmarcan e influyen.
En
el Ecuador, esta modalidad ha posibilitado que los espacios geográficos y
culturales donde se desarrollan los proyectos se conviertan en una suerte de
microcosmos, de universos cerrados, y que se creen grupos de
mujeres
rurales para realizar ciertas actividades. Esta lógica no ha permitido que se
establezcan vínculos entre estos grupos y aquellas organizaciones y grupos que
forman parte del movimiento de mujeres del Ecuador. La excepción la constituyen
ciertos fondos especialmente creados dentro de las agencias de cooperación, con
el fin de avanzar hacia la equidad de género apoyando el fortalecimiento de la
participación política de las mujeres, la consolidación de sus organizaciones
y la defensa de sus derechos económicos, sociales y de ciudadanía[8].
En sociedades culturalmente tan diversas como lo es la ecuatoriana, que están
sometidas a constantes cambios, planificar al margen de los contextos políticos
y culturales resulta extremadamente peligroso. Igualmente peligroso resulta
olvidar que el principal objetivo que dio nacimiento al enfoque de género fue
el de combatir todas las formas de discriminación de las mujeres, así como
derribar los obstáculos culturales e institucionales en los que se fundan las
desigualdades de género.
El
enfoque de género nació en los países
del Norte y se desprendió de las teorías y las políticas feministas
desarrolladas por mujeres europeas y norteamericanas, y el concepto género, del
cual toma su nombre, se refiere a la construcción cultural de las diferencias
sexuales. Independientemente del uso que se dé al enfoque o del sentido que se
atribuya el término, tarde o temprano aflorarán los asuntos de poder que le
dieron nacimiento; es decir, la dimensión política del concepto. Sin embargo,
cuando el término cambia de escenario, cuando es trasladado desde los espacios
académicos y desde los movimientos feministas de los países del Norte, primero
a las agencias internacionales de desarrollo y luego a las instituciones de países
del Sur, a través del financiamiento de proyectos, se van oscureciendo sus
connotaciones políticas, es decir sus alusiones a las desigualdades y jerarquías
sociales basadas en las diferencias sexuales. Comienzan a evaporarse los
objetivos para los cuales fue inventado. Cuando el término es adoptado por el
aparato de desarrollo se “tecnifica” y al tecnificarse se mitigan los
conflictos sociales que suelen aflorar cuando se lo utiliza para fomentar la
participación de las mujeres en los proyectos de desarrollo. Cuando el término
es utilizado en la formulación de proyectos
de desarrollo se vuelve elástico y
polisémico, ya que sirve para nombrar muchas cosas: un indicador, una variable,
un concepto, un instrumento, una herramienta metodológica, una forma de análisis,
una teoría, un enfoque, una perspectiva.
Intereses
de género, empoderamiento
y nuevas alianzas
El
empoderamiento es un concepto crucial
en el trabajo con las mujeres rurales cuando la intención es defender y
afianzar sus intereses de género. Como este término es usado para significar
cosas tan distintas como “participación”, “autonomía”, “integración”,
“identidad”, “desarrollo”, “planeación”, bien merece la pena
aclarar cómo lo estamos entendiendo[9] . El empoderamiento, tal
como lo plantea Magdalena León (León:1997), alude a los cambios de la imagen
de subvaloración de las mujeres, de sus capacidades, de sus sentimientos de
inferioridad; está relacionado con el logro de su autonomía individual, con su
decisión de resistir a la opresión, de organizarse y luchar colectivamente en
contra de la sumisión, de movilizarse para reclamar sus derechos laborales, políticos,
sexuales y reproductivos; esto debe ser inducido desde afuera.
Coincidimos con lo que apunta Magdalena León. Sin embargo, algo que no ha estado explícitamente planteado ni ha sido discutido es si ¿debe el Estado o las ONG (ambientalistas y de desarrollo rural) hacerse cargo de un proceso que busca el reconocimiento y afirmación de las identidades individuales y colectivas de género?
Lo
que sostenemos aquí es que son las organizaciones y ONG del movimiento de
mujeres, las que mejor preparadas están para enfrentar un proceso de largo
aliento como es el del empoderamiento.
Para
ello nos respaldamos en las lecciones y experiencias de otros países
latinoamericanos y del mismo Ecuador. Carmen Diana Deere y Magdalena León en su
último libro, Género, Propiedad y Empoderamiento: tierra, Estado y mercado en
América Latina, demuestran que el crecimiento de las organizaciones de mujeres
rurales ha sido exitoso cuando se han establecido enlaces fuertes entre el
movimiento de mujeres urbanas y rurales.
Un ejemplo que vale la pena traer a colación es el empoderamiento que han ido logrando las mujeres indígenas en el Ecuador durante la década de 1990. Fueron ellas las que mejor aprovecharon los espacios internacionales que se abrieron y el financiamiento disponible para preparar y realizar la IV Conferencia Mundial de la Mujer. Esos recursos les permitieron consolidar un liderazgo que ya habían venido ejerciendo dentro de las organizaciones del movimiento indígena como Ecuarunari o la CONAIE a las cuales pertenecen. Un notable contraste se produce cuando revisamos la situación de las mujeres mestizas y afroecuatorianas. Sus liderazgos y organizaciones en contadas oportunidades trascienden los espacios locales, una situación común para la mayoría de organizaciones de mujeres rurales de América Latina y el Caribe, según los resultados del Encuentro realizado en Brasil en 1996 (Deere y León: 2000, cap. 4).
¿Por
qué el Estado y las ONG no son las instituciones más idóneas para encargarse
de aspectos relativos al empoderamiento de las mujeres? El Estado es el único
que garantiza ciertas condiciones (infraestructura, servicios, formulación de
políticas de equidad de género, cambios en la legislación) para
que
las mujeres se movilicen en demanda de sus intereses específicos de género.
Sin embargo, cuando estas demandas entran en conflicto con los intereses de
otros grupos sociales y del mismo Estado, éste deja de ser un aliado confiable[10].
Similares conflictos institucionales podrían enfrentar aquellas ONG
ambientalistas si intentasen asumir actividades de empoderamiento de las
mujeres, ya que los intereses de género no son una prioridad institucional, ni
sus equipos técnicos están preparados (probablemente tampoco interesados) para
enfrentar adecuadamente este desafío.
En
el Ecuador de la década de 1990, en gran parte debido al impulso recibido de la
IV Conferencia Mundial de la Mujer en 1995, las organizaciones del movimiento de
mujeres han crecido y se han consolidado. Si bien es cierto que su trabajo se ha
concentrado en las grandes ciudades, desde hace algún tiempo también están
desarrollando actividades para fortalecer los municipios y gobiernos locales,
espacios cercanos a las zonas rurales donde las ONG ejecutan los proyectos de
conservación y de desarrollo rural. Con seguridad, las ONG ambientalistas sacarán
más provecho de sus intervenciones si identifican mecanismos que les permitan
aprovechar esta experiencia acumulada por las organizaciones del movimiento de
mujeres en el Ecuador.
Quizás
el punto de equilibrio sería adoptar una posición intermedia, esto es
facilitar las alianzas entre las organizaciones del movimiento de mujeres y las
organizaciones y grupos locales y dispersos conformados por mujeres rurales y
con los cuáles realiza sus actividades. Una alianza de esta naturaleza
Análisis de las
experiencias de género y la conservación de la biodiversidad en el Ecuador:
lecciones aprendidas y necesidades
Analizando las experiencias presentadas en el taller nacional, esta progresión no se da completamente o hace falta mayor profundidad y complejidad de análisis en varias experiencias. Se puede dividir las experiencias en dos grupos. En uno, vemos esta ligereza analítica sobre todo en cuanto al enfoque de género. Algunos proyectos hablan de género, pero lo que hacen son componentes para la mujer que son conceptualizados desde enfoques muy parecidos a los que hace 20 años se utilizaban en el mundo del desarrollo rural y que se les conocía como enfoques de bienestar social. Se habla de involucrar a la mujer en la conservación, pero si uno rasga la superficie esta participación es definida como una extensión del rol de la mujer en el hogar y como cuidadora del bienestar de la familia. Se ve a la mujer como quien en tiempos desocupados (es decir, sin remuneración), va a cuidar y recuperar el ambiente amenazado o deteriorado. En el otro grupo encontramos tendencias muy alentadoras: hay claridad y profundidad en el análisis, preocupación en las relaciones de poder y un conocimiento en cuanto a la toma de decisiones y acciones en la conservación y en el uso y manejo de los recursos naturales.
Creemos que estas diferencias radican en la preparación de los(as) profesionales de estos grupos. Los y las profesionales que han podido profundizar en su educación en género, quienes han disfrutado de mayor tiempo de formación y más práctica en el análisis comparativo, demuestran mayor poder para innovar los conceptos y métodos de género aplicados a la conservación de la biodiversidad, que aquellos(as) que han recibido sólo algunas capacitaciones.
Entonces,
nuestra primera lección aprendida es: necesitamos desplazarnos de la
capacitación a corto plazo hacia la formación de profesionales en conservación
de la biodiversidad con enfoque de género.
Hemos encontrado que el “marco conceptual de MERGE” sigue muy vigente como guía en la mayoría de las experiencias exitosas de género y
biodiversidad.
Muy pocas son las experiencias en las que se ha utilizado el análisis de género
para el empoderamiento de los grupos locales o de las mismas mujeres. El marco
MERGE propone que el empoderamiento implica “abrir el espacio para las
perspectivas y decisiones de grupos menos poderosos - distinguidos por género y
otros factores - con relación a estrategias específicas de gestión
comunitaria de recursos naturales” (Schmink en Poats, Arroyo y Asar 1998), y
que el empoderamiento de estos grupos resultará en iniciativas de conservación
más exitosas.
Entonces,
la segunda lección aprendida es: faltan resultados del
Uno de los avances conceptuales y metodológicos más interesantes ha sido el de la propuesta de Rocío Alarcón, etnobióloga de EcoCiencia. Su experiencia demuestra cómo se puede, y por qué se deben reconstruir las bases conceptuales de la investigación sobre la biodiversidad para incorporar el enfoque de género. Sin embargo, deberemos tener cuidado con este camino y no limitarnos a funcionalizar el género para poder sustentar una determinada posición política sobre el uso y conservación de los recursos naturales. Debemos preguntarnos si el interés es la defensa de la biodiversidad o el empoderamiento de las mujeres rurales, o si se puede combinar los dos intereses efectivamente.
Las experiencias del taller nacional demuestran un avance no sólo en cuanto al uso del género para proyectos orientados a especies, sino también en la inclusión del género en la conservación de sistemas y de recursos específicos. La experiencia sobre género y manejo de cuencas, presentado por Susana Ricaurte, junto con experiencias ecuatorianas sobre género y el manejo de riego (de Elena Bastidas en Carchi y Rosario Jácome en Chimborazo con el SNV), nos muestran que cuando se teje el análisis de género con unidades distintas de la biodiversidad o de la naturaleza, se puede visibilizar, analizar y problematizar quiénes son las mujeres y los hombres que están detrás de las unidades que los cuidan, usan o abusan.
Estas
experiencias presentan otra lección importante: el reto de tejer el género
con la conservación de la biodiversidad en toda su complejidad es demasiado
ambicioso. Deberemos iniciar con especies, sistemas y recursos
específicos. Esto indica una necesidad fundamental: generar la evidencia empírica
sobre la relación del género con biodiversidad. Sugerimos que es necesario
tejer una red de análisis, de lo micro a lo macro para poder analizar
efectivamente estas relaciones y sus implicaciones prácticas y políticas.
Pocas
fueron las experiencias presentadas con ejemplos directos de acciones sobre políticas.
Sin embargo, hubo una cantidad muy rica de sugerencias y recomendaciones de los
y las participantes hacia la necesidad de introducir el género en la política
ambiental. Pensamos que es importante impulsar un mayor análisis del enfoque de
género en las políticas de conservación de la biodiversidad y buscar
mecanismos para una mayor participación ciudadana en el análisis y su aplicación.
Vimos
en el Taller Nacional una preocupación, aunque incipiente, sobre el diseño de
indicadores. Sin embargo, la tendencia a diseñar indicadores de género a la
que se está prestando mucha atención, no ayuda al cambio de mirada; sirve
apenas para inventariar “frijoles”, más no para entender procesos.
Pensamos
que podría ser interesante establecer una relación de continuidad entre esta
fiebre por medir las inequidades de género a través de indicadores y el énfasis
que tuvieron las estadísticas oficiales durante la década de 1990, cuando se
intentaba, a toda costa, cuantificar el trabajo productivo de las mujeres, hasta
entonces subvalorado. De allí que
junto a la visibilización, se forjó un discurso de la victimización que hasta
ahora pesa en los proyectos y programas de desarrollo. En el caso de las mujeres
rurales, el esfuerzo permitió ilustrar su participación económica en la
producción agropecuaria (trabajo productivo), aporte que había sido ignorado.
Pensamos
que la lección de mayor importancia para la conservación de la biodiversidad
con enfoque de género que se puede sacar de las experiencias es la
necesidad de dejar de contar los frijoles (machos o hembras) y empezar a
desarrollar buenos y efectivos indicadores de procesos.
Las experiencias del taller reflejan los pasos dados para ligar el análisis de género a la construcción de la etnicidad. No se puede decir que existe ya un marco conceptual claro y práctico para relacionar el género con la etnicidad, pero se puede ver un proceso analítico en construcción.
Sin
embargo, quedamos con una inquietud: ¿cómo se está estableciendo el
puente entre la diversidad cultural y la biodiversidad? En el informe
sobre la biodiversidad del Ecuador (Ministerio del Ambiente: 2000), se establece
una relación entre la diversidad biológica y la diversidad étnica. Esto, si
bien constituye un avance en el contexto ecuatoriano, puede convertirse en un
nuevo obstáculo para lograr el reconocimiento de los derechos de las mujeres
rurales y el combate a las inequidades de género, debido a que conceptualmente
la diversidad cultural corre el riesgo de ser reducida a la diversidad étnica
y, políticamente, a que las demandas y reivindicaciones del poderoso movimiento
indígena desplacen a los márgenes las reivindicaciones de las organizaciones
de mujeres mestizas.
Como
lección, enfatizamos la necesidad de explorar con mayor profundidad las
relaciones entre género y etnicidad en el Ecuador, pero dentro de un esfuerzo
analítico para hacer una intersección entre género y todas las otras
dimensiones de la sociedad ecuatoriana en toda su diversidad cultural y social.
En
conclusión, hemos hecho una radiografía preliminar del contexto ecuatoriano en
cuanto a los movimientos sociales, género y biodiversidad.
[1]
Este artículo
constituye una versión corta del documento publicado en las memorias del
Foro Internacional “Conservando la Biodiversidad desde los Andes hasta la
Amazonía: Un foro sobre Conservación Comunitaria con Enfoque de Género”,
que se realizó en Quito en marzo del 2001. La memoria completa fue
publicada en el 2002
[2]
Susan Poats y
María Cuvi son científicas sociales vinculadas al trabajo de género y
manejo sostenible de recursos naturales, así como a la temática del
desarrollo rural. Paulina Arroyo es ambientalista y trabaja
la temática del desarrollo rural y la conservación desde el enfoque
de género.
[3]
Taller
Nacional “Experiencias Locales en la Participación Comunitaria en el
Manejo de Áreas Protegidas desde un Enfoque de Genero”, julio 2000,
Ecuador.
[4]
Esta
información está recogida en la presentación realizada por Susan Poats al
inicio del taller sobre género y biodiversidad, julio 30 del 2000.
[5]
Genero y
manejo sustentable de recursos: examinando los resultados. Editado por Susan
V. Poats, Paulina Arroyo y Rodolfo Asar, FLACSO 1998
[6]
Se
refiere a la ética e introspección filosófica de género, lo personal.
[7]
El aspecto es
analizado por Alexandra Martínez en el ensayo “Usos del género en las
ONG de desarrollo rural”.
[8]
Por ejemplo, el
Fondo de Igualdad de Género de la Agencia Canadiense de Desarrollo
Internacional (FIG-ACDI) o el Fondo de Naciones Unidas para la Mujer
(UNIFEM).
[9]
En
la argumentación de esta parte tomamos prestada la definición usada por
Magdalena León en la introducción del libro Poder y empoderamiento de las
mujeres, y recogemos gran parte de las ideas que María Cuvi presentó en el
panel “Género y desarrollo rural: perspectivas del Programa de apoyo a
las mujeres rurales del Ecuador”, organizado por el Consejo Nacional de
las Mujeres y el IICA, realizado en Riobamba, el 15 de marzo del 2001.
[10]
Ver al respecto,
el artículo de Nailla Kabeer “El empoderamiento desde abajo: ¿qué
podemos aprender de las organizaciones de base?”